Cristina Porras



Lo imposible se logra dando un paso a la vez...

Todas las madres trabajadoras se enfrentan a retos imposibles, solo les queda seguir adelante, hasta que un buen día descubren que hicieron posible lo imposible...

-Tina Fey-

Fui mamá de mis hermanos desde los siete años. Como la mayor de seis, fui responsable de alimentarlos, cambiarlos, bañarlos y protegerlos como si fueran mis hijos. A mi mamá la recuerdo embarazada o amamantando. Como siempre fue muy sociable y estaba lejos de su familia, no tardó en conseguirnos una abuela postiza, en el departamento de junto. Así crecimos: oaxaqueños exiliados en la Ciudad de México; bien queridos, bien comidos y en buenas escuelas. Mi papá de día trabajaba como investigador en la UNAM y por las noches en su empresa de cálculo y diseño estructural. Largas horas de esfuerzo para pagar las colegiaturas. Siempre nos dijo que nuestra única herencia iba a ser nuestra educación, por eso había que aprovecharla.


A mí afortunadamente me gustó la escuela. Desde que aprendí a leer, los libros y yo fuimos cómplices inseparables. En el kínder me saltaba el recreo y me escondía en un closet a leer los cuentos que las maestras no me prestaban porque no eran para mi edad. Cuando mi mamá me a apagaba la luz, yo abría la cortina para terminar el capítulo con el farol de la calle. La única vez que estuve a punto de verme en problemas en la escuela, fue porque una amiga y yo nos infiltramos en una biblioteca mientras las maestras de primaria hacían aerobics en el salón adjunto.


Un buen día mi mamá fue a hablar con el director para sacarme de la escuela porque ya no podían seguir pagando colegiaturas tan caras con tantos hijos. No se lo permitieron. Desde los 9 años tuve beca completa y así terminé mi prepa en el Colegio Edron con muy buenas calificaciones en mis exámenes de la Universidad de Londres “General Certificate of Secondary Education: Ordinary and Advanced Levels”. Inconscientemente había decidido seguir el ejemplo de los protagonistas de las historias de mis libros que siempre vivían aventuras heroicas, alcanzaban metas inimaginables o lograban triunfos realmente meritorios. Perseguí cualquier cosa que me acercara más a ser un ingeniero como mi papá en lugar de convertirme en esposa y madre como tradicionalmente se espera de una señorita de buena familia.


Nunca me di cuenta de lo difícil que es el examen de admisión a la UNAM, hasta que ya estaba inscrita en la carrera de Ingeniería Civil en la Facultad de Ingeniería. Fui seleccionada para participar en la primera generación del Programa de Alto Rendimiento Académico con beca de la Fundación ICA. Estaba feliz. Tan increíblemente contenta que jamás me percaté de las arraigadas muestras de machismo que vivía constantemente. Había una sola alumna por cada 40 varones ¿por qué creemos que las mujeres no somos buenas en matemáticas y nos asustan las carreras STEM*?.


Cada vez que una compañera pasaba enfrente de la biblioteca del Anexo de Ingeniería, se dejaba venir la ola de chiflidos y piropos colorados. No dejé de ponerme faldas, ni tampoco me enojaba. Con un pragmatismo natural, dejé de pasar por ahí y prefería darle la vuelta al edificio aunque el camino fuera más largo. Nunca denuncié el acoso del profesor de Cálculo Vectorial que me puso B en lugar del MB que mi examen final merecía, pero que estaba dispuesto a “ayudarme” si iba a estudiar a su casa. Me quedé satisfecha con mi B. Tampoco tenía claro que aquel profesor de estática y dinámica que me dejaba con el brazo levantado toda la clase, no permitía que ninguna mujer contestara sus preguntas por pura misoginia.


La industria de la construcción, desafortunadamente, tiene grandes áreas de oportunidad en términos de equidad de género. Durante la carrera, cuando iba a las prácticas, frecuentemente ni siquiera había baño de mujeres en los campamentos de obra. Fue en este entorno, dominado por los hombres, que empecé a trabajar supervisando obras hidráulicas en Quintana Roo. Era una recién egresada de 22 años que, armada con una réflex marca Canon, bota de casquillo y falda corta, recorría en una pick up las 9 obras de riego agrícola de las cuáles era responsable. Nunca reparé en los riesgos a los que estaba expuesta una mujer sola en ese entorno tan rural. Terminé mis obras exitosamente y regresé a la ciudad a casarme por todas las razones correctas pero con el hombre equivocado.


A mi ex esposo le dolía que ganara casi el doble que él, que saliera tarde del trabajo, que no tuviera acento al hablar inglés, que fuera independiente y audaz. Poco a poco fui cediendo a todas sus restricciones, primero por amor, después por cansancio, al final por miedo. Mi vida se redujo a ser excelente en mi empleo: ya no salía tarde, ya no bailaba, ya no tenía amigos. ¡Una sombra gris! En lo único en lo que aparentemente estábamos de acuerdo era en que no queríamos tener hijos. Me compré la tan generalizada idea de que son un estorbo para la mujer si es que quiere sobresalir en el trabajo. Supuse que había que elegir entre los hijos y la carrera, dejando los años fértiles de mi juventud persiguiendo el éxito profesional.


Lo inevitable llegó, más tarde que temprano. En esa época trabajaba en VIVEICA, la rama de vivienda de grupo ICA como responsable de las ventas y escrituras de las 8 mil casas de interés social que desplazábamos anualmente. Me separé tras diez años de matrimonio. En la semana que surgió la crisis de la influenza me fui de la casa conyugal llevando solo mi ropa y mis amados libros. El trabajo me curó el corazón roto: trabajaba duro, trabajaba con dedicación, lloraba un rato en el baño y salía sin rastros de llanto en la cara a enjugarme las lágrimas del alma con más trabajo. Dicen que el trabajo ennoblece, y sí, también ayuda a superar duelos.


Aunque había viajado sola, por trabajo, cientos de veces a lo largo de los años, jamás había tomado vacaciones solas. Decidí hacer un viaje a Japón. Un viaje profundo y espiritual en el que recuperé mi esencia.


La cima del viaje- literalmente- fue el ascenso al Fujiyama, el legendario volcán que corona los grabados de Hokusai. Al Fuji se le conquista de noche, con el objeto de hacer cumbre al amanecer. Esa aurora con nombre propio- Goraiko- despierta un nuevo nivel de consciencia en cualquiera que la ve. Así fui a dejar a mi ex-esposo en el cráter del monte Fuji. El problema fue bajar: la vigilia, el esfuerzo físico, las emociones, las 5 cirugías de tobillo y rodillas cobraron su factura. El dolor era aplastante. Derrotada y sola me senté a llorar en una piedra mientas que bebía las últimas gotas de agua que llevaba.


Y de repente todo cambio: decidí que si había podido subir, entonces podía bajar.


"Pero ¿cómo pude subir? Si era más difícil... era de noche y solo me iluminaba la luz de la lámpara en mi cabeza..." esa fue la epifanía: no era más difícil subir que bajar, era más fácil por qué como era de noche solamente podía ver, alumbrado por la lámpara, el paso siguiente. Así bajé los 3,776 metros del monte Fuji haciendo un esfuerzo por dar el siguiente paso y luego el siguiente, y después el siguiente.


Lo imposible se logra dando un paso a la vez...


Desde entonces, ese ha sido mi mantra ¿cuál es el paso siguiente? Profesionalmente, la siguiente oportunidad surgió en Consorcio ARA en donde, como directora comercial, fui responsable de las ventas y escrituras de las 15 mil casas anuales de la empresa. El siguiente paso me permitió ver el proceso de escrituración, ahora desde la perspectiva de la institución financiera. Como directora comercial de crédito hipotecario en Grupo Financiero Banorte, tuve la oportunidad de sumergirme de lleno en el fascinante mundo del financiamiento bancario.


El Fuji también me reveló que siempre había tenido el profundo deseo de ser madre. Muy poco tiempo después del viaje conocí al compañero de vida con quien hacer este sueño realidad. Alfred no solamente es un reconocido científico que realiza investigación en el Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM en temas de óptica cuántica, también es un hombre sensible, divertido, increíblemente guapo y excelente padre de un maravilloso niño, Leo. Al año me casé con la persona correcta, por el puro gusto de hacerlo.


Nunca nos imaginamos que el camino hacia la maternidad iba a tener tantos obstáculos. Hicimos cinco procedimientos de fertilidad y perdimos dos bebés antes de decir “ya basta.” Ya no podíamos más; por primera vez algo parecía imposible. Me volqué al trabajo con aún más pasión y como premio de consolación, decidí estudiar la maestría en Finanzas en el EGADE del Tecnológico de Monterrey.


Sucedió algo maravilloso e inesperado, un buen día, sin siquiera buscarlo, quedé embarazada de forma espontánea. Cualquier persona lo describiría como un milagro de no ser porque el corazón de mi bebé dejó de latir en el tercer mes de gestación.


Ningún éxito profesional consuela la pérdida de un hijo.


Por esas fechas, me invitaron a ser socia fundadora de MULIV, Mujeres Líderes en la Vivienda y poco tiempo después tuve el honor de que Banregio Grupo Financiero me diera la oportunidad de ser la primera mujer en la banca mexicana encargada de la Dirección de Crédito Hipotecario.


Banregio es un banco con una filosofía increíble. El programa “Mujer Banregio” capacita y empodera a las mujeres que ahí laboran para apoyarlas en su crecimiento profesional y forjarlas como líderes. Las mujeres que solicitan su incapacidad por maternidad, reciben su sueldo íntegro por parte de la empresa, además de la prestación otorgada por el Seguro Social. Con el programa “Familias que Valen” los padres tiene la oportunidad de duplicar sus días de incapacidad por paternidad y las madres tienen la opción de trabajar desde su casa eligiendo un horario flexible, hasta por un año después de que haya nacido el bebé. A fin de apoyar la lactancia materna, dentro de los edificios principales, las madres cuentan con lactarios plenamente equipados. Sin duda alguna, estos beneficios inciden en un excelente clima laboral, atraen al mejor talento, promueven la diversidad en los equipos de trabajo y generan mayor compromiso por parte de los empleados.


Los paradigmas que contraponen el crecimiento profesional de la mujer con la posibilidad de ser mamá no tienen cabida en la sociedad que queremos. Se necesitan más empresas que se ajusten a esta nueva realidad y apoyen la inserción de la mujer en posiciones clave- no solamente como parte de su compromiso social- sino porque este tipo de acciones les generan rentabilidad y permanencia. Es responsabilidad de todos promover la equidad de género en nuestro querido México y brindar las oportunidades para que las mujeres que desean ser madres, a la edad que sea, sigan creciendo profesionalmente.


Mucho de esta vida es actitud y mi esposo y yo habíamos decidido no rendirnos. Ya fuera por adopción o por algún tratamiento de fertilidad, íbamos a ser padres. Terminé mi maestría y tuve el honor de dirigir el discurso Valedictoriano a mis compañeros con 8 meses de embarazo.


El 31 de enero nació nuestra hijita tras 7 años de esfuerzo. Como su nombre lo indica, Amaya es una hija que fue largamente deseada. Mañana celebro mi primer festejo del día de las madres. También estoy muy agradecida por la nueva oportunidad que tendré en Banregio. Como directora del Segmento de Personas, tendré la responsabilidad de los productos de captación, seguros, tarjeta de crédito, nómina, hipotecario, créditos personales entre otros.


Y ahora ¿cuál es el paso que sigue?


*STEM- Science, Technology, Engineering, Mathematics.



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